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Semana Santa 2002 |
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Un año más se me invita a escribiros algunas reflexiones sobre la Semana Santa, semana grande para los cristianos. En esta ocasión, me gustaría volver a insistir en que estos días son todo menos folklore, tradición rutinaria, leyenda o mito. Nos hablan de la pasión de un hombre real, de carne y hueso, Jesús de Nazaret y, al mismo tiempo, de un Dios-Hijo, anonadado, hecho, por nosotros, tierra de nuestra tierra, sangre de nuestra sangre y, en el horizonte, resurrección personal y esperanza cósmica. En la Semana Santa recordamos, revivimos y celebramos a Jesús el Nazareno en los últimos momentos de su historia terrena entre nosotros. Un acontecimiento histórico sucedido hace 2.000 años. En este misterio se encierra el secreto de todo el dramatismo del mal y del sufrimiento del mundo y de la historia de la humanidad. Y, a la vez, su esperanza más firme. En la cruz, aunque pueda parecer paradójico, se manifestó, como nunca, lo que Dios es en sí mismo, en sus entrañas. Es precisamente la cruz la que puso en evidencia que el Dios vivo y viviente es un Dios original y diferente al de cualquier otra religión o creencia o al Dios inventado por la razón humana, al Dios de nuestros filósofos. En los bellos pasos procesionales que desfilarán por nuestras calles se nos recordará que la pasión es la memoria viva de un acontecimiento que perdura y sigue encontrando eco. Allí estábamos todos. Hace 2.000 años, en la capital del pueblo hebreo, en el drama de un condenado a muerte, se concentraba toda la historia de la humanidad: la pasada, la presente y la futura. Porque ese condenado, ese hombre era más que un hombre: era el Hijo del eterno Padre. Esa madre era más que una madre: era la sierva del Señor, el modelo y espejo de la humanidad. Ese drama era mucho más que un drama: era el centro y sentido de la historia, de nuestra historia, personal y colectiva. La Semana Santa sigue siendo la medida de la altura y profundidad del hombre y de la mujer de este pueblo y de esta tierra. Es como una memoria catequética viva y penetrante, que entra en los ojos y en el corazón, y hace vibrar las entrañas desde el misterio final. Gracias sinceras a todos los que participaréis activamente y con protagonismo en tantos actos programados. Gracias a la Junta de Semana Santa por vuestros desvelos y generosidad. Gracias a los medios de comunicación por haceros eco de este evento. Gracias a todos los burgaleses por desear vivir un año más estos días tan relevantes para nuestra fe cristiana.
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Arzobispo de Burgos
"Me gustaría volver a insistir en que estos días son todo menos folklore, tradición rutinaria, leyenda o mito" |
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