|
¡Gracias, don Francisco! |
|
|
Fray Mª Pa-Je |
|
|
Hemos tenido la dicha, ¡providencia!, de recibir en nuestro monasterio a D. Francisco, nuestro nuevo arzobispo, en el primer momento de su venida a la diócesis. Lo que primero fue un anuncio hecho por la amabilidad de D. Pablo, nuestro canciller, fue confirmado después por D. Pedro, nuestro Vicario General y hecho realidad en la tarde y noche del pasado día 22. Recibimos con gusto a nuestro arzobispo, le hospedamos en nuestra casa y le ofrecimos un corto descanso de unas horas para que recuperase fuerzas y se preparase para la jornada, fuerte y única, que le aguardaba al día siguiente. A decir verdad que fuimos testigos de lo que el día anterior nos había dicho de él un buen amigo suyo de Albacete y nos lo corroboró el mismo día otro de Valencia: su amabilidad y cortesía, su suavidad de trato, su acogedora mirada, su sencillez, su piedad. Le vimos orar por la noche y muy de madrugada con nosotros, pues no quiso perderse ninguna de nuestras horas monástico-canónicas-comunitarias, ocupando, por voluntad propia, el último sitio en el coro. Tuvimos la oportunidad de rezar por él, ya desde su primer día en Burgos, y de que él rezara también por nosotros y con nosotros. Tuvimos, en fin, el privilegio de ofrecerle un pequeño solaz y refrigerio para su cuerpo y para su espíritu. Como quedamos al despedirnos, había tomado posesión de nuestro monasterio, como casa suya, para siempre que gustara volver a él. Y le dijimos que en otra próxima ocasión le cobraríamos por su estancia, pero le cobraríamos, sí, recibiendo de él, como en esta primera ocasión, un nuevo testimonio de amistad, de amabilidad, de piedad. Gracias, don Francisco, por habernos honrado en su primera venida a Burgos como Arzobispo. Que el Señor y Santa María la Mayor le bendigan y colmen sus aspiraciones de Pastor de esta su nueva y primera diócesis. Cuente con nuestra pobre oración. ¡Gracias, don Francisco! |
|
|
|
|
|
|
|