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Dignidad de la conciencia moral del hombre |
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Todos conocemos la historia de Caín y Abel. El primero ofrecía a Dios los peores frutos de sus campos, mientras que Abel le ofrecía las mejores ovejas de su rebaño. Caín no se sentía bien, porque oía en su interior una voz que recriminaba sus actos; Abel, en cambio, estaba contento, porque oía una voz que aprobaba sus ofrendas. Lo lógico habría sido que Caín imitara la conducta de su hermano, pero comenzó a sentir envidia y odio hacia él. Un día tomó la decisión de matarle. Mientras preparaba el crimen, oía en su interior una voz que le decía que no podía hacer eso, porque era malo. Sin embargo, él no cambió de determinación y llevó al campo a su hermano para matarle. Cuando logró su propósito, la misma voz que antes le decía "no hagas eso", comenzó a gritarle "¿qué has hecho?, ¿dónde está tu hermano?". Como Caín no se arrepintió, esa voz le perseguía como la sombra al cuerpo y no cesaba de recriminarle y preguntarle "¿qué has hecho?". Todos escuchamos en el fondo de nuestro corazón una voz semejante. Una voz que, ante una acción buena que vamos a hacer nos dice: "hazlo" y ante una acción mala que estamos a punto de realizar, "no lo hagas". Esa voz la oye el niño que se abre por primera vez a la luz de la razón y el anciano que está consumiendo las últimas jornadas de su peregrinación en la tierra. Ni el uno ni el otro se han dado a sí mismos esa ley y esa voz. El concilio Vaticano II recoge esta constatación, cuando afirma que "el hombre tiene esa ley escrita por Dios en su corazón" y que "él no se la dicta a sí mismo" (Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, nº 16). Esta ley y esta voz no son patrimonio de un grupo concreto de personas o pueblos, sino que es un bien que poseen todos los hombres de todas las geografías, razas y culturas. Es un bien universal. Pero exclusivo del hombre, pues tanto los animales como las plantas carecen de él. Por otra parte, esa voz no resuena en momentos puntuales de la existencia, sino siempre que nos encontramos ante la opción de una cosa buena o mala y siempre que hemos hecho esa opción. Un hijo, por ejemplo, siente en su interior una voz que le insta a tratar con respeto y cariño a su padre enfermo y anciano, y que le aprueba si procede de ese modo y le reprocha si le trata con aspereza o desprecio. Cuando el hombre se siente a solas con Dios, dice también el Vaticano II, oye su voz "en el reino más íntimo de su conciencia" (ibíd.). No cabe duda que el hombre que sigue esa voz, se hace más hombre, se dignifica, se enaltece. Porque la dignidad del hombre consiste, en última instancia, en la búsqueda apasionada de la verdad y en el seguimiento constante y amoroso del bien según la recta razón. Los hombres que buscan la verdad y el bien en plena sintonía con su recta conciencia son el gran patrimonio de la humanidad, su gran reserva moral y la verdadera simiente de una humanidad mejor. Por eso puede afirmar el Vaticano II que "la fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad" y que "cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad" (ibíd.). Por eso, para rearmar espiritualmente al siglo XXI, como están pidiendo tantas mentes preclaras de la intelectualidad, de la cultura, de la política y de la sociedad, es preciso redescubrir y fortificar las raíces profundas de la moralidad que anidan en el corazón del hombre recto. No hay inversión social más rentable que la recuperación de la conciencia moral perdida.
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Arzobispo de Burgos
"Para rearmar espiritualmente al siglo XXI, es preciso redescubrir y fortificar las raíces profundas de la moralidad que anidan en el corazón del hombre recto. No hay inversión social más rentable que la recuperación de la conciencia moral perdida" |
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