Nº 732 - 22 de septiembre a 5 de octubre de 2002

   

Conciencia y orden moral

"Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad". Estas palabras de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual son de una importancia extrema, pues por una parte afirman el papel necesario, primordial e insustituible que juega la conciencia en el desarrollo de la persona y de la sociedad, pero subrayan a la vez que la conciencia no es la norma suprema de la moralidad. Existe una norma superior a ella, a la cual la conciencia debe conformarse y someterse.

Esta doctrina, hasta hace poco poseída de modo pacífico, es contestada hoy día con frecuencia, so pretexto de dignificar a la propia conciencia como guía exclusiva de la conducta humana. Como decía Pablo VI, "se oye repetir, como un aforismo indiscutible, que toda la moralidad del hombre debe consistir en el seguimiento de la propia conciencia" (Aloc. 13-11-1969). La conciencia, ciertamente, tiene un papel imprescindible en el comportamiento humano, pero por encima de ella y siendo su punto de apoyo y solidísimo, está la ley de Dios. Para que la conciencia pueda ser el criterio próximo de moralidad y de conducta, necesita tener un principio moral objetivo al que echar mano y del cual deducir el comportamiento debido en cada situación concreta. Es lo que se conoce como moralidad objetiva.

La primacía de la ley moral objetiva pertenece al patrimonio de la fe de la Iglesia, cuyo Magisterio ha apelado siempre a la ley divina -natural y revelada- cuando ha enunciado e interpretado los principios morales relativos al orden social, a la familia, a los deberes de los esposos, a la educación, a la acción social, a la economía, a la natalidad, a la vida, etcétera. "La norma suprema de la vida humana es la propia ley divina, eterna, objetiva y universal" (Vaticano II, DH 3).

Por estas razones, son erróneas tanto la llamada moral de situación como la denominada libertad de conciencia, entendida como emancipación de cualquier norma extrínseca. Más todavía, la libertad de conciencia, entendida como rechazo de toda norma y autoridad, o como afirmación de que todo lo humano -instintos, tendencias, impulsos...- es bueno por el mero hecho de darse, sin que haya que ordenarlo y regularlo.

Cosa muy distinta es la libertad de las conciencias, es decir, el derecho que asiste a toda persona a "seguir en la sociedad la voluntad de Dios y cumplir sus mandamientos sin el menor impedimento" según los dictados de su conciencia; más aún, esta libertad es la propia de los hijos de Dios y "ha sido siempre deseada y amada especialmente por la Iglesia" (León XIII, enc. Libert. Praest.).

La conciencia, para ser norma válida del actuar humano, "tiene que ser -en palabras de Pablo VI- recta, es decir, verdadera y segura de sí misma, y no dudosa ni culpablemente errónea". La norma suprema es la ley de Dios. Al hacer las derivaciones pertinentes y dictar el modo concreto de comportarse, la conciencia puede elaborar juicios erróneos y que, presupuesta la buena fe, no acierta a descubrir. A esta situación de conciencia se la llama invenciblemente errónea cuando el sujeto tiene imposibilidad moral de salir del error. La Iglesia ha respetado siempre el poder imperativo de la conciencia si es errónea invenciblemente. La razón la ha recordado el Vaticano II: si la conciencia yerra por la ignorancia invencible "no pierde su dignidad. Esto no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de Buscar la verdad y el bien, y la conciencia se va entenebreciendo por el hábito del pecado" (GS 16). Apelar en este supuesto al conocido "yo obro según mi conciencia", es una forma de degradar a la conciencia y de enfrascarse en acciones cada vez menos acordes con la dignidad de la persona humana.

 

Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos
Francisco Gil Hellín,

Arzobispo de Burgos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"La conciencia, para ser norma válida del actuar humano, tiene que ser -en palabras de Pablo VI- recta, es decir, verdadera y segura de sí misma, y no dudosa ni culpablemente errónea"

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