Nº 733 - 6 a 19 de octubre de 2002

   

La grandeza de la libertad

La libertad es uno de los temas más actuales y, a la vez, más rico en contrastes y aun en contradicciones. El enfrentamiento exasperado entre determinismo e indeterminismo, tan característico de las corrientes ideológicas y científicas de nuestro tiempo, ha puesto de relieve la carencia de una fundamentación profunda de tipo antropológico y teológico de la libertad humana. No basta, en efecto, afirmar la libertad como un dato inmediato, como el rasgo más propio y evidente del ser humano. La vida puede contemplarse como el desenvolvimiento de una elección tras otra; pero si se prescinde de profundizar en la realidad objetiva del hombre que es libre, queda reducida a una mera experiencia subjetiva de seguridad o angustia, de poder o impotencia, de expansión o de condicionamientos. La libertad humana pierde su significado separada del sentido del hombre que goza de esa prerrogativa.

¿Qué es libertad? La libertad es el don más grande que Dios ha hecho al hombre. Todas las demás criaturas, aunque sean buenas, pues participan de la bondad y verdad de Dios, son incapaces de obrar con libertad y responsabilidad. El sol saldrá mañana como lo ha hecho hoy; la corriente del río discurrirá siempre desde la montaña hasta el mar; la piedra lanzada a lo alto, caerá luego a la tierra. Esto es así, porque sobre todas ellas pesa la ley inexorable de la determinación: son así y no pueden ser de otra manera. El hombre, en cambio, es dueño y responsable de sus actos. Para bien y para mal. Destruir la libertad es, pues, destruir al hombre. Aquí radica la gravedad de todos los sistemas totalitarios de tipo físico o psicológico.

Esta gran prerrogativa del hombre tiene hoy grandes enemigos. Son muchos, en efecto, los que militan en el campo del determinismo o del puro instinto. Mencionemos entre los primeros a los partidarios del llamado determinismo biológico. El hombre, dicen, tiene tales componentes biológicos y fisiológicos que le imponen una determinada conducta. Otro determinismo es social. Según ellos, es tan fuerte la presión que sobre el individuo ejercen las ideas dominantes, la educación, el ambiente socioeconómico, que la libertad queda bloqueada o semianulada. Podemos mencionar también entre los enemigos de la libertad a los que la separan de tal modo del orden moral y de la voluntariedad del hombre que la reducen a una especie de instinto ilustrado, en el que el "me apetece" o "me molesta" queda constituido en norma suprema de conducta.

Ahora bien, si del campo filosófico y científico pasamos al teológico, se asiste a una nueva versión de la oposición luterana entre naturaleza y gracia, sólo que ahora lo que se suprime no es el libre albedrío sino la gracia. Se trata de una pérdida de la trascendencia. Según este reduccionismo, el hombre tiene como tarea exclusiva la construcción del mundo. La libertad se reduce a una liberación personal o social, en el sentido de una mayor autorrealización y plenitud o de un progreso comunitario material y cultural, pero sin apertura a lo divino y, en última instancia, a lo que constituye la grandeza y dignidad del hombre: ser imagen de Dios.

Por eso, el Vaticano II insiste en la necesidad de redescubrir no sólo el auténtico sentido antropológico sino, sobre todo, "teologal" de la libertad. "La verdadera libertad -dice- es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión, para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a Él, alcance la plena bienaventurada perfección" (GS 17). Sin esa relación con Dios, la libertad se deforma tanto en el campo teórico como en el práctico. Por eso, el Concilio afirma con justeza "que ninguna ley humana puede garantizar la dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia" (GS 41).

 

Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos
Francisco Gil Hellín,

Arzobispo de Burgos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"La libertad es el don más grande que Dios ha hecho al hombre. Todas las demás criaturas, aunque sean buenas, pues participan de la bondad y verdad de Dios, son incapaces de obrar con libertad y responsabilidad"

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