Nº 735 - 3 a 16 de noviembre de 2002

Punto de Vista

A los 40 años del Vaticano II

Raúl Berzosa Martínez

Raúl Berzosa MartínezEl 11 de octubre se cumplían 40 años de la inauguración del Concilio Vaticano II. El Papa Juan XXIII se sentía feliz aquella tarde. Hacía apenas dos semanas que le habían anunciado que le quedaba poco tiempo de vida. La mañana había resultado agotadora inmerso en una ceremonia de más de siete horas. Aquel Papa viejo había dirigido un discurso lleno de esperanza: se abría un Concilio en el que no se lanzarían anatemas, sino que se expondría la Buena Nueva, la de siempre, con frescura, "aggiornata" a los nuevos tiempos. No tendrían cabida los profetas de calamidades que añoraban cualquier tiempo pasado como el mejor. Aquel 11 de octubre el Papa bueno puso en manos de María la gran empresa de renovación. 25.000 jóvenes se concentraron en la plaza de S. Pedro con antorchas. Y se calcula que más de 300.000 personas aclamaban al Papa y confirmaban su atrevida iniciativa. El Papa Roncali se asomó a la ventana de su apartamento y, rompiendo todo protocolo, pronunció el llamado "discurso de la Luna". Con espontaneidad y sana ironía se atrevió a exclamar: "Diríase que hasta la luna se ha apresurado esta tarde-noche. Vedla en lo alto, contemplando este espectáculo. Es porque hoy concluimos una gran jornada de paz. Sí, de paz. ¡Gloria a Dios y paz a los hombres y mujeres de buena voluntad!" Y aquel Papa, pastor de todos, encargó a los presentes que cuando llegaran a sus casas acariciaran y besaran a los suyos diciéndoles:"Esta es la caricia y el beso del Papa". Juan XXIII, el Papa de la ternura.

Pablo VI recogió el fuego y la frescura de su predecesor y, como buen timonel, supo imprimir levadura y rumbo al Concilio. Todo en torno a una palabra: amor, traducido en dos realidades complementarias: comunión y misión. Es tanto como decir amor a la Iglesia y amor al mundo de hoy. El Papa Pablo VI nos legó, y subrayó del gran Concilio, el arte del diálogo, de la paciencia, de la comprensión... en definitiva, del ágape cristiano.

Y, con Juan Pablo II, llegó el tiempo de la misericordia. Él había participado activamente en el gran evento ecuménico. Sabía como nadie, y como refleja Gaudium et Spes, de las luces y las sombras que se anidan en el corazón del hombre, de cada uno de nosotros, y de la humanidad de hoy en su conjunto. Es consciente de que la virtud más necesaria en estos momentos de profunda crisis mundial es la esperanza. Y ha sabido traducir el Vaticano II en una frase acuñada de alguna manera por sus predecesores: "Construir la nueva civilización del amor y de la vida". Es mucho más que hacer posible un nuevo orden mundial, como se viene repitiendo después del 11 de septiembre de 2001. Es una civilización basada en la verdadera justicia, que se alimenta a su vez del amor y la ternura, del perdón y de la misericordia, del diálogo y la comprensión.

A los 40 años del Concilio Vaticano II su herencia sigue viva y, como afirmaba recientemente en Papa Wojtyla, sigue siendo la brújula y el alimento para la Iglesia del recién estrenado siglo XXI.

 

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