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A los 40 años del Vaticano II |
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Raúl Berzosa Martínez |
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Pablo VI recogió el fuego y la frescura de su predecesor y, como buen timonel, supo imprimir levadura y rumbo al Concilio. Todo en torno a una palabra: amor, traducido en dos realidades complementarias: comunión y misión. Es tanto como decir amor a la Iglesia y amor al mundo de hoy. El Papa Pablo VI nos legó, y subrayó del gran Concilio, el arte del diálogo, de la paciencia, de la comprensión... en definitiva, del ágape cristiano. Y, con Juan Pablo II, llegó el tiempo de la misericordia. Él había participado activamente en el gran evento ecuménico. Sabía como nadie, y como refleja Gaudium et Spes, de las luces y las sombras que se anidan en el corazón del hombre, de cada uno de nosotros, y de la humanidad de hoy en su conjunto. Es consciente de que la virtud más necesaria en estos momentos de profunda crisis mundial es la esperanza. Y ha sabido traducir el Vaticano II en una frase acuñada de alguna manera por sus predecesores: "Construir la nueva civilización del amor y de la vida". Es mucho más que hacer posible un nuevo orden mundial, como se viene repitiendo después del 11 de septiembre de 2001. Es una civilización basada en la verdadera justicia, que se alimenta a su vez del amor y la ternura, del perdón y de la misericordia, del diálogo y la comprensión. A los 40 años del Concilio Vaticano II su herencia sigue viva y, como afirmaba recientemente en Papa Wojtyla, sigue siendo la brújula y el alimento para la Iglesia del recién estrenado siglo XXI. |
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