Nº 737 - 1 a 14 de diciembre de 2002

   

Servir reinando

Hemos celebrado la fiesta de Cristo Rey del Universo. Con ella ponemos la última piedra del año litúrgico, más aún, de toda la creación, puesto que Cristo es la piedra angular que sostiene y remata el gran edificio de la creación redimida. No hay duda de que Cristo es esa piedra, porque, además de haber creado todo, lo ha vuelto a recrear, cuando perdió el primitivo sentido y la grandeza originaria que le había dado. El precio no pudo ser más caro, y no lo habría pagado si su amor no hubiera sido infinito, sin medida Pero el Dios de los cristianos es un Dios de amor. Por eso, aunque no nos necesita para nada, quiere a toda costa introducirnos en su misma casa, en su misma familia, sin otra finalidad que la de hacernos felices para siempre.

¿Por qué, entonces, algunos se empeñan en que Cristo no reine en los diseños generales del mundo, en la cultura, en la economía, en la convivencia, en el arte, en la política, en la familia, en una palabra en lo que es la tierra de los hombres? ¿Por qué otros se ponen nerviosos hasta con la misma expresión "Cristo-Rey"? ¿Por qué los más fanáticos se conjuran para declararle la oposición y la lucha sin tregua en todos esos frentes? Seguramente que la mayor parte lo hace porque lucha contra un molino de viento, es decir, contra un Cristo que no es el verdadero. El Cristo del Evangelio -el único real- es un Cristo que es perfecto Dios, pero que no alardea de ello, es poderoso, más aún, omnipotente, pero emplea su poder para servir a todos, especialmente a los más necesitados del alma y del cuerpo; sabía de antemano el caso que tantos hombres le iban a hacer, y no dudó en dar la vida por ellos; vino para no recibir nada sino para darlo todo; desea establecer un reinado en el que la ley suprema es el amor, incluso a los enemigos. El que conoce a ese Cristo no puede sino abrirse a Él.

Pero además de los que se oponen por desconocimiento del rostro verdadero de Cristo, otros lo hacen porque no están dispuestos a salir de su egoísmo, de su ambición, de su soberbia, de su afán de dominar a los demás. En ese caldo de cultivo, ¿cómo puede nacer la semilla del reinado de Cristo, que es una semilla de servicio y entrega a los demás? La oposición a Cristo surge así de una falsa autoafirmación, de una errónea concepción de lo que es la grandeza del hombre. El hombre no se hace grande a base de tener más, de mandar más, de imponerse más, de explotar más, sino a base de servir más, entregarse más, darse más. Ésa es la grandeza del hombre, tal y como se la revela Cristo. Por eso, lejos de oponerse a Cristo, el hombre debe acogerle y escucharle, porque sólo Él es capaz de revelarle su grandeza y la sublimidad de su vocación, como ha recordado lapidariamente el Vaticano II (GS 22).

.El reino de Cristo no es, pues, un programa político, y sería blasfemo identificarlo con él. El reino de Cristo es de otra naturaleza, por más que deba reflejarse también en la concepción de toda acción política y social. El Reino de Cristo es un reino donde todos saben convivir con todos, donde todos saben disculpar y perdonar todo y siempre, donde sin decir que lo malo es bueno y viceversa, no obstante el mal se combate no con otro mayor, sino con mayor bien; el odio no se mata con más odio, sino con amor; la guerra no se gana con otra guerra más poderosa, sino con la dulzura de la comprensión, de la tolerancia y del perdón. Los cristianos estamos convocados a construir este reino. El camino es tan sencillo como arduo: reinar sirviendo.

 

Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos
Francisco Gil Hellín,

Arzobispo de Burgos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"El hombre no se hace grande a base de tener más, de mandar más, de imponerse más, de explotar más, sino a base de servir más, entregarse más, darse más"

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