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Autonomía de lo temporal |
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Muchas personas, incluso cristianas, piensan que no debe existir un vínculo demasiado estrecho entre la religión y la actividad humana. Más aún, no pocos piden que exista una separación total entre ambas. La razón que suelen aducir es que la religión no puede poner trabas a la autonomía del hombre, de la sociedad y de la ciencia. Según ellos, la política, la ciencia, la economía, etcétera, ha de seguir sus propios cauces con absoluta libertad y sin más cortapisas que las que ellas mismas se impongan. Algunos ejemplos actuales de esta postura son los que piden absoluta libertad para investigar con embriones humanos y la aplicación de la eutanasia activa. El concilio Vaticano II abordó esta cuestión con gran honestidad y hondura, distinguiendo dos tipos de autonomía: una que es buena, deseable, y otra que es inadmisible y rechazable. Es buena y deseable la que sostiene que todas las cosas creadas y la misma sociedad tienen leyes y valores propios, que el hombre debe descubrir, emplear y ordenar. Esta autonomía no sólo pueden reclamarla, incluso imperiosamente, los hombres de nuestro tiempo sino que, al hacerlo, responden al querer de Dios. El creador, en efecto, ha dotado a todas las cosas que salieron de sus manos -y salieron todas, de una u otra manera- de consistencia, verdad y bondad propias y les ha asignado un fin propio. El hombre debe conocer y respetar todo ello, y aplicar una metodología acorde con la naturaleza y finalidad de cada cosa. Por ejemplo, la economía tiene sus leyes propias y específicas y sólo si se aplican cabrá esperar un verdadero desarrollo económico. Consiguientemente, cuando la investigación, en cualquiera de los campos del saber, se realiza de una manera verdaderamente científica y conforme a las normas morales, nunca es contraria a la fe. Porque las realidades profanas y las de la fe tienen una misma fuente: Dios. Tiene esto tal trascendencia, que la persona que se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevada, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, que con su poder da el ser a todas las cosas. De cara a la acción, los cristianos han de comprender bien esta autonomía de la ciencia. De este modo, además de evitar polémicas estériles y equivocadas, no se plantean falsos dilemas entre ciencia y fe. Ahora bien, esta autonomía nada tiene que ver con la que sostiene que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin necesidad de referirse al Creador. Esta autonomía es falsa e inadmisible. ¿Qué es, en efecto, la criatura sin el Creador? Cuando ambas cosas se separan se puede llegar, por ejemplo, a la monstruosidad de que un hombre o una nación quiera imponerse con la fuerza a las demás para sojuzgarlas y explotarlas. O el gran escándalo actual respecto al uso de las riquezas de este mundo, distribuidas con tal desorden, que mientras unos se mueren de hambre otros nadan en la opulencia y hasta destruyen los alimentos. Bienvenidos sean, pues, todos los esfuerzos que potencien la laicidad de las realidades humanas y las ponga al abrigo de cualquier clericalismo, venga de donde venga. Pero rechacemos, intelectual y moralmente, el laicismo, que pretende arrancar de las cosas creadas el rostro amable de su Creador.
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Arzobispo de Burgos
"Cuando la investigación, en cualquiera de los campos del saber, se realiza de una manera verdaderamente científica y conforma a las normas morales, nunca es contraria a la fe. Porque las realidades profanas y las de la fe tienen una misma fuente: Dios" |
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