Nº 743 - 23 de febrero a 8 de marzo de 2003

  

 

 

 

Chiara Lubich

Carisma de la unidad, vivencia de un encuentro

Jesús González Díez de la Lastra

Chiara LubichEn el siglo XX el Espíritu ha suscitado en la Iglesia nuevos carismas iniciados y promovidos, principalmente, por laicos que, sin desdeñar y bebiendo en las fuentes de la espiritualidad tradicional, han modelado la espiritualidad del futuro: una espiritualidad de la unidad, también llamada espiritualidad colectiva o comunitaria, en definición de Karl Rahner.

Uno de estos carismas es el promovido por el Movimiento de los Focolares de la Unidad-Obra de María, cuya fundadora, Chiara Lubich, ha estado en noviembre y diciembre en Barcelona y Madrid. Ha visitado Montserrat, Manresa, Ávila y Segovia. Y ha mantenido reuniones con obispos, religiosos/as, jóvenes, seminaristas, políticos y con una veintena de musulmanes, algunos de ellos imanes de distintas mezquitas españolas; además de los miembros del Movimiento, entre ellos más de medio centenar de burgaleses.

Compartiendo la espiritualidad teresiana, hace un parangón entre el Castillo  Interior teresiano y el Castillo Exterior en que ella compendia el ideal cristiano: Dios y el hermano.

Un Movimiento, por la variedad de personas que lo componen -jóvenes y adultos; niños y adolescentes; familias y sacerdotes; religiosos y religiosas de distintas congregaciones y también obispos-, que, aun siendo una misma realidad, se articula en 18 ramas. He aquí alguno de sus puntos fundamentales:

Dios descubierto como Amor (1Jn 4,8), Padre de la familia humana.

El Evangelio vivido y la voluntad de Dios (Mt 12, 50), camino de santidad para todos y respuesta a su amor.

El amor al hermano y el amor recíproco (Jn 13, 34), mandamiento nuevo de Jesús, corazón del Evangelio, en que se resume toda la ley y los profetas y regla de oro de cada religión.

La presencia de Jesús en medio de nosotros (Mt 18, 20), prometida a los que se unen en su nombre, nos hace vivir la comunidad.

Jesús, crucificado y abandonado (Mc 15, 34), clave de la unidad. Ver a Cristo en el hermano que sufre. Valor salvífico del sufrimiento.

María, madre de la unidad, imitada como modelo de amor por la humanidad.

Genera un estilo de vida en los más variados ambientes y culturas, abriendo diálogos fecundos: en el mundo católico entre movimientos y asociaciones para contribuir a reforzar la unidad (Pentecostés 98); entre cristianos de diversas Iglesias para favorecer la comunión (ecumenismo); y entre creyentes de varias religiones y personas de convicciones y culturas distintas. Juntos nos encaminamos hacia esa plenitud de la verdad y esa fraternidad universal a la que todos tendemos.

 

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