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Anónimos |
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Jesús Yusta Sainz |
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Todo es opinable, todo es discutible, nadie puede considerarse con el monopolio de la verdad, pero si hay algo que revela mala fe y poca honradez es el lanzar opiniones, con pretensión de verdad, oponerlas a otras, desde la cobardía, el cinismo y la bajeza hipócrita del anonimato. Por principio, el escrito anónimo, sea de reproche o de alabanza, ha de ser censurado, destruido y arrojado a la papelera. Al estar elaborado desde la cobardía, anula, por principio, el valor de lo que se ha escrito, refuerza la artillería pesada de aquél contra quien se dirige y hace un flaco servicio a quien pretende defender y, si se alaba, no es creíble por pusilánime. Todo debate es interesante y, si es sincero, enriquecedor. Pertenecemos a una Iglesia donde podemos y debemos hablar, opinar, debatir, siempre con el deseo de encontrar la Verdad que, por definición, nos desborda. En este diálogo, si hay una norma que observar, es el respeto a quien piensa distinto, sólo alcanzable desde el amor que posibilita la comprensión mutua. No hay respeto desde el momento que uno de los interlocutores se niega a identificarse, lo que anula todo su discurso. Maquiavelo popularizó aquello de que el fin justifica los medios. A estas alturas de la Historia lamentamos que haya quienes con medios ilícitos pretendan fines que ellos consideran nobles. Señor director: Hace unos días, en esta revista, aparecía un escrito inidentificable, sin nombre, anónimo. Lástima que el contenido, fondo y forma, quedasen anulados por esta estupidez del anonimato. Puedo estar equivocado, no lo sé, pero pienso que escritos de este tipo, inmorales, no pueden figurar en un órgano de expresión diocesano. |
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