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Nº 761 - 14 a 27 de diciembre de 2003

   Asociación Santa María Madre de la Iglesia

Por la promoción del laicado cristiano en el sentido integral de la vida

Jesús Camarero Cuñado

Es hermoso caminar por la historia. Para valorar el propio pasado y abrirse con esperanza hacia el futuro. Así comenzó el encuentro de «Renovación del compromiso eclesial de la Asociación “Santa María Madre de la Iglesia” ante el nuevo obispo diocesano, D. Francisco Gil Hellín», el día 23 de junio de 2003 en el monasterio benedictino de Palacios de Benaver (Burgos). Estas fueron sus secuencias:

En un primer momento, en íntima y gozosa fraternidad, sus miembros fueron desgranando los recuerdos de su propia vocación que se convirtieron en espontáneos testimonios de hondas vivencias, a las que apenas alcanzaban las palabras. «¿Es que hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia?» (Pablo VI). La asociación «Santa María, Madre de la Iglesia» tiene su historia, hermosa, entrañable, profunda.

Nació al amparo de la Acción Católica, de la mano de un apóstol ejemplar, un joven sacerdote, D. lucas Peña Sainz-Rozas. En los alos 50 del siglo pasado. Entre los nobles aires serranos de Quintanar de la Sierra (Burgos). Para superar muy pronto los estrechos ámbitos provinciales. Y es que su impronta o carisma se centra en la entraña misma de la Iglesia, «la gloria de Dios y la edificación del Reino de Cristo, buscando por este camino la santificación de sus miembros que se unen entre sí y con el Pueblo de Dios dentro del Cuerpo Místico de Cristo».

Es hermoso caminar por la propia historia. Para otear agradecidamente los horizontes de la gracia en personas concretas. Comenzaron como «pequeño grupo», como cenáculo. Sin otra perspectiva que la misión de la Iglesia, que es acción «católica» (=universal), encauzada a través del obispo diocesano: «sus miembros deberán estar dispuestos, si así fuera preciso, a posponer su misma forma de vida ordinaria al cumplimiento de un mandato expreso que el obispo diocesano tenga a bien encomendarles, siempre que el grupo se haga solidario de dicha entrega».

Y todo ello en medio del mundo, en la así llamada «seglaridad laical». Este segundo momento constituyó el núcleo del «Rito de renovación» en el seno de una celebración eucarística plena de sencillez y de misterio: «Señor, por medio de Santa María, derrama abundantemente los dones del Espíritu Santo sobre estas hijas tuyas».

En este clima, como tercer momento, siguió un ágape tejido de exultante alegría, gratitud y expansiva comunicación, en la que abundaron los relatos de las primeras luchas, desafíos y definitiva consolidación de la Asociación, que recibió su confirmación canónica por parte de la jerarquía el 20 de abril de 1965. Desde entonces, de forma incansable y con estilo de plena disponibilidad al paso de Dios, se afana por «promocionar el laicado en el sentido integral de la vida; potenciar las diversas formas de apostolado, así como ayudar al hombre a dar a su vida sentido de respuesta personal a Dios».

En un mundo ansioso de esperanza, reconforta la presencia vigorosa de grupos cuyos miembros testimonian orgullosos el señorío de Dios sobre sus vidas, confiesan abiertamente la plenitud de vida que supone la respuesta consciente al Evangelio de Jesucristo, viven anhelantes el misterio gozoso de la misión de la Iglesia, y, abiertos al amor de Dios y a su perdón, comprometen su existencia en el modelo de mujer fuerte, el de Santa María, Madre de la Iglesia.

 

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