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La eutanasia, ¿una muerte digna como la de Copito de Nieve? |
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María Dolores de Miguel Poyard |
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La semana pasada, con toda la claridad y contundencia de las noticias breves y directas, la prensa resumía en grandes titulares el final de Copito de Nieve: había muerto tras practicársele la eutanasia. La noticia tenía interés por muchos motivos, pero lo que se subrayaba ahora era la bondad y efectividad de su muerte provocada. Estaba aquejado de un cáncer de piel irreversible, se presumía que iba a padecer una agonía dolorosa y se le había evitado el sufrimiento con total determinación. La eutanasia se presentaba como la única y mejor de las soluciones. Como era de esperar, el debate estaba servido. El eco que la noticia había tenido era mayor por el modo de morir Copito de Nieve que por su muerte misma. O incluso mayor que por el hecho de tratarse de un gorila albino único en su especie. El caso de Copito de Nieve era ideal para los partidarios de la eutanasia activa. Al tratarse de un gorila, todo eran ventajas, no se infringía ninguna norma legal o ética, sino todo lo contrario. De tal modo que los veterinarios habían podido actuar con total libertad, y al animal enfermo se le había evitado un padecimiento innecesario. Presentadas así las cosas, podría parecer que se repetía ahora aquello que clamaba Segismundo, el protagonista de La vida es sueño de Calderón de la Barca, cuando se quejaba de que siendo él superior a los más diversos animales, tenía menos libertad que todos ellos.
No faltó la viñeta cómica donde se dibujaba a un pobre enfermo que, desde una cama de hospital y lleno de cables, gemía: «¡Quiero una muerte digna como la de Copito de Nieve!» Ni el artículo de opinión donde se hablaba de ciudadano Copito. O la noticia donde se recordaba que actualmente en nuestro país la eutanasia activa aplicada a seres humanos se castiga con varios años de cárcel. Y el comentarista, extrañado por esta medida que consideraba dura e improcedente, acababa con la consideración de que los hombres no pasamos de ser unos animales como todos los demás. La noticia venía a sumarse a la larga lista de casos de humanos que el los últimos tiempos han saltado a la opinión pública por su lucha en pro de la eutanasia activa. Los temas que alcanzan directamente la vida o la muerte del hombre no son sencillos, pero sí pueden apuntarse algunas pistas para orientarse en el camino. La ética denuncia el encarnizamiento terapéutico al que se somete a enfermos terminales sin solución, y aboga por una muerte digna para todo hombre. Prolongar en esas condiciones una vida es traumático para el enfermo y para los familiares. Y desde todas las instancias sociales se aboga por evitarle al enfermo el sometimiento a prácticas de este tipo. Pero muerte digno no es lo mismo que eutanasia activa. La eutanasia consiste en provocar deliberada y positivamente la muerte del enfermo. Y oponerse a ello es salvaguardar los derechos de la persona humana. Somos mucho más que nuestra realidad material, física o biológica; y por eso los límites de la ciencia no pueden abarcarnos: La vida humana no nos pertenece, es un misterio, un don y una tarea. El valor de la persona humana no se mide por lo que hace, sino por lo que es, un valor absoluto en sí misma. Y termino ahora con una experiencia personal. Una Navidad ingresamos en el hospital a mi madre, enferma de alzheimer en una fase avanzada. Velé junto a su cama varias noches. Y en una de ellas coincidí con una joven, que no acababa de entender el trabajo de todos por sacar adelante a una enferma de estas características. Hoy, cinco años después, cuando puedo seguir disfrutando de la vida de mi madre y de su sonrisa agradecida, doy gracias por la vida y por este país que sigue apostando por la vida digna de cada uno de nosotros y especialmente de quienes se hallan en los momentos más duros de la enfermedad. |
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