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SEMBRAR - Nº 762 - 28 de diciembre de 2003 a 10 de enero de 2004 |
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Punto de Vista ¡Feliz 2004! |
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No basta, por tanto, desearnos «feliz año». Debemos tener coraje para desear al año nuevo gente nueva. El año nuevo no tiene gana alguna de repetir cansinamente el pasado, grabar las cosas de siempre, encajar las desilusiones que no faltan, estar saturado de las tonterías habituales. Desea únicamente ser nuevo. El año nuevo nos espera a nosotros todos los días. Nos espera la cita de la novedad. Así pues, no olvidemos felicitar al año nuevo. Lo necesita. Hace falta una cierta dosis de coraje para aventurarse en nuestro mundo, después ¿quizá? de haber sido disuadido por los predecesores. Discuten los entendidos si el comienzo del mundo, y por tanto del tiempo, fue como un ruidoso golpe de tambor y el fin coincidirá con el apagarse del último, debilísimo eco de aquella nota musical que se ha propagado durante milenios; o, con el big-bang , terminando su aventura con un chirrido. No es momento de entrar en discusiones, lo que si parece cierto es que, si se tratara de un chirrido, ese inquietante chirrido no se producirá mientras en la tierra exista al menos una criatura que, por la mañana, asomándose a la ventana, llegue a maravillarse y a advertir la necesidad imperiosa de decir gracias a Alguien. El chirrido, en el mundo o en el corazón, se verifica sólo cuando cesa la maravilla, se interrumpe la alabanza, desaparece la poesía, se pierde el gusto por la belleza. Cuando entra en el desencanto y la costumbre, cuando se da todo por descontado y no-milagroso, entonces sí que es el fin. En ese momento la señal de alarma la da el aburrimiento. Sería en verdad un final vergonzoso si el mundo se destruyera bajo el peso de un bostezo universal. Qué hermoso sería si, esta mañana, conscientes del fluir del tiempo y de la vida, al mirar el calendario, nos abriésemos a una sonrisa de estupor descubriendo que existe un primer día del año. Entonces habremos comenzado, felizmente, el año 2004. |
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