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SEMBRAR - Nº 763 - 11 a 24 de enero de 2004 |
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Ahora que comienza un año nuevo |
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Estos días, hemos despedido el año viejo y estrenado uno nuevo. Eso explica que en nuestra alma se hayan entrecruzado tres grandes sentimientos: la acción de gracias, los buenos deseos y el deseo de peregrinar a Santiago. El primer sentimiento es, sin duda, el de dar gracias a Dios por el regalo de un nuevo año. Un año nuevo es una nueva posibilidad de vivir. Una nueva posibilidad de seguir contando con el clavo del cual colgamos toda nuestra existencia y actividad: trabajo, descanso, deporte, actividades de todo tipo. Sin vida nada es pensable ni realizable. Ahora bien, ¿quién no es consciente de que él no se autodona la vida, de que no está en sus manos conservarla? Nuestro sentido común nos hace afirmar que la vida es un don y que ese don viene del que es el Señor de la vida, es decir, de Dios. Por eso, en los comienzos del año se impone un sentimiento de gratitud a Dios, por el don de la vida. Junto a la acción de gracias, todos hemos formulado buenos augurios y deseos para el año que ahora comienza. Lo hemos dicho de manera sencilla y clásica al repetir: «año nuevo, vida nueva». Lo que, en última instancia, queríamos manifestar era el deseo sincero de ser mejores que el año que dejamos atrás. Es decir, por una parte, nos hemos hecho un cariñoso reproche, reconociendo con sencillez y humildad que no hemos sido todo lo buenos que deberíamos en nuestra familia, en nuestro trabajo o en nuestras relaciones con los demás. Por otra, queríamos dejar constancia de nuestra decisión de cambiar y dar otro aire a nuestra vida. ¿Qué hacer para que estos sentimientos no sean humo que se lleva el viento sino semilla que cuaje en frutos abundantes? A mí me sigue pareciendo un buen programa el que expresan las obras de misericordia corporales y espirituales. Menciono algunas: dar de comer al hambriento del cuerpo y del alma, visitar al enfermo del alma y del cuerpo, enseñar al que no sabe las letras humanas y divinas, consolar al triste, acoger al inmigrante y corregir con cariño al que amamos. Junto a eso, hacer con amor las mil pequeñas cosas de la vida, reincorporar la oración al comienzo y final del día, y terminar la jornada con un acto de agradecimiento a Dios por lo bueno que hayamos hecho y de dolor por lo que haya sido deficiente. El último sentimiento es coyuntural. Este año, en efecto, es Año Santo Jacobeo, cosa que ocurre siempre que la fiesta de Santiago cae en domingo. Esta efeméride está profundamente vinculada a nuestra tierra, por la que pasa, desde hace siglos, el camino que conduce hasta la tumba del Patrono de España. Este camino estuvo unido, en sus momentos de gloria, a estos tres factores: la peregrinación espiritual y penitencial, el intercambio cultural entre los pueblos de Europa y el progreso material de nuestros pueblos. A título de ejemplo, baste con recordar las espléndidas catedrales e iglesias que jalonan el camino, los hospitales para los peregrinos y el número incontable de romeros que peregrinaban para lograr las indulgencias. Aunque hayan cambiado mucho las circunstancias, el espíritu del camino permanece. Diría más: tiene más razón de ser. Europa, en efecto, se encuentra en una encrucijada trascendental en lo que respecta a su fe cristiana. Puede olvidar que sus raíces cristianas la hicieron grande. En lo cultural y en lo espiritual. Sería suicida olvidar o renegar de esas raíces. Y, al contrario, revitalizar esas raíces es revitalizar también nuestra grandeza. Por eso, al comienzo del año, invito a todos los burgaleses, especialmente a los jóvenes, a recorrer el camino material y espiritual de Santiago y así dar un fuerte impulso a nuestras creencias y vivencias cristianas. |
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Mons. Francisco Gil Hellín Arzobispo de Burgos |
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