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El
bautismo de Jesús se coronó en vino nuevo del Reino por su amor. El
bautismo para Jesús fue entrega, donación y un amor por el hombre que no
conoció ni conoce límites. El bautismo fue su entrega. Es su amor.
Nosotros,
los cristianos, hemos recibido el bautismo. El bautismo que hemos recibido
brota y nace del mismo Jesús. Hemos sido bautizados en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Un bautismo con agua limpia y
abundante, porque nació y brotó del mismo Jesús. ¡Que nuestro bautismo
no se seque ni se agoste! ¡Que sea respondido con nuestra vida de
entrega, servicio y donación de nosotros mismos en el corazón de la
Iglesia y del mundo! Estar bautizados es una tarea, un trabajo y un
compromiso. El verdadero bautismo es el que se vive cada día. Nuestra
verdadera partida de bautismo se da por el compromiso vivido en la
comunidad eclesial y testificando nuestra condición de cristianos en la
vida ública y social. El agua de la fuente se pudre cuando no corre. ¡Cuánto
bautismo estancado y perdido por haber olvidado que somos hijos de Dios!
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