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SEMBRAR - Nº 764 - 25 de enero a 7 de febrero de 2004 |
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Caminando hacia Compostela |
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El pasado 31 de diciembre, se abrió la Puerta Santa de la Catedral de Santiago de Compostela, que marcó el inicio del Jacobeo 2004, primer Año Santo Compostelano del nuevo milenio. Con su lema: «Peregrinos por Gracia. ¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?», se ha querido dejar bien patente que el peregrino de Compostela no es un mero caminante, sino, ante todo y sobre todo, un creyente que quiere seguir fielmente a Jesucristo, a través de esa experiencia de vida y con los ojos puestos en la intrepidez de Santiago. El Camino es, ciertamente, un espacio de cultura, belleza, contemplación de la naturaleza, experiencia de solidaridad y huida del consumismo actual, ascesis personal y tantas otras cosas. Pero lo propio y específico del Camino es su dimensión espiritual, una experiencia de fe. Para no pocos, puede ser una experiencia embrionaria. Para otros, la de una fe recobrada tras años de alejamiento y desafecto hacia la Iglesia. Para muchos, un paso importante en su decisión de continuar su andadura cristiana a lo largo del siglo que acaba de iniciar, y hacerlo acompañado de otras personas, atraídas por la persuasión de su palabra y el atractivo de su conducta. Por ello, el fenómeno jacobeo no puede desfigurar su identidad por los factores culturales, económicos y políticos que conlleva y que serán impulsados desde las más diversas instancias. Eso explica que Juan Pablo II, en el Mensaje leído en el momento de abrirse la Puerta Santa, no haya dudado en afirmar que «la esencia de la peregrinación a Santiago de Compostela ha sido la conversión al Dios vivo a través del encuentro con Jesucristo», y que proponga «los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía como medios para revitalizar esa fe». Quizás alguno se pregunte si una peregrinación jacobea de esta guisa no será algo anacrónico e impropio de una sociedad postcristiana y secularizada. Quienes creemos en Jesucristo pensamos que no. Más aún, tenemos la certeza de que el talante originario del Camino es hoy más actual que nunca. Porque el hombre moderno, por muy satisfecho que pueda parecer con el consumismo materialista y con su emancipación de la ley divina, sigue preguntándose por las grandes cuestiones de siempre: ¿cuál es el sentido de la existencia? ¿qué hay más allá de la muerte? ¿qué sentido tiene el trabajo? ¿por qué la injusticia y el dolor en el mundo? ¿quién puede llenar el pozo de los anhelos más profundos que todos sentimos? Estos interrogantes operan como guardianes del corazón humano. De ahí, que después de un ocultamiento más o menos prolongado, terminan por aflorar de nuevo a la superficie del alma, habiendo dejado en la tierra del desengaño y del hastío las aguas sucias que se habían incorporado en la travesía. Ya comienzan a sentirse los primeros síntomas de ese desengaño y hastío y del cumplimiento de la «profecía» que un intelectual francés hizo hace algunas décadas, cuando aseguraba que el siglo XXI sería un siglo místico, es decir, un siglo profundamente religioso. Vayamos, pues, a Santiago en buena hora. Peregrinemos hacia el Apóstol que demostró con su sangre hasta qué punto amaba a Jesucristo. Pero vayamos apoyados en el bastón de la Palabra de Dios, de la mano de la fe y de la esperanza y con el deseo de rehacer nuestra vida cristiana con una buena confesión y el alimento del Cuerpo de Cristo. |
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Mons. Francisco Gil Hellín Arzobispo de Burgos |
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