SEMBRAR  -  Nº 854  -  23 de diciembre de 2007 a 5 de enero de 2008


Una ventana a la vida

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  • José Alberto Delgado esteban

El pasado 6 de diciembre asistimos en la iglesia parroquial de Pampliega a una celebración que, bajo el título de «Ventana a la vida», conjugó música de órgano (Liudmila Matsyura, organista de la catedral de Alcalá de Henares), música coral (coral Voces del Arlanzón), lectura de poemas, lecturas bíblicas (profetas–evangelio), testimonios y plegaria.

Dicho así sencillamente, uno cae en la tentación de pensar que el resultado de la suma es igual al valor de los sumandos. Pero no. Sucedió como en los platos de una buena cocina. Conjugados debidamente los aderezos, todos de gran calidad, el resultado desborda a los componentes individuales y deviene en algo nuevo y sorprendente.

La intención del encuentro-celebración quedaba claro desde el principio en palabras del presentador: «Esta tarde nos queremos decir y escuchar una Palabra que nos sorprenda, que nos acompañe, que nos valga para mañana y pasado…»

El órgano nos introdujo con maestría en el ambiente adecuado por medio de la música de Bach. Y comenzó a sonar también la vida en su ambigüedad, su dolor y su pasión a través de los poemas de Fernando Bellido (Háganle sitio) y de A. Machado (Señor, me cansa la vida), cantado este último por la coral. Como respuesta aparece un primer destello en la voz del profeta Isaías : «¡Consolad, consolad a mi pueblo… Preparad el camino al Señor… ¡Que los valles se levanten y…!)».

Ya estaba claro. Escuchar la vida y escuchar la palabra del profeta lleva a la comunidad a un primer convencimiento: «¡Qué bien se yo la fuente, que mana y corre, aunque es de noche!». Los versos de S. Juan de la Cruz se hicieron respuesta y proclamación en el canto entonado conjuntamente por el órgano, la coral y el pueblo.

Tal vez la parábola, que resumía el mensaje de la celebracion, fue el momento siguiente, cuando, después de proclamar el evangelio del nacimiento según S. Lucas, interpretando el órgano y la coral conjuntamente el Noche de Dios, noche de luz, fue iluminándose lentamente el retablo mayor de Domingo de Amberes, en el que, enmarcados por las figuras desnudas de Adán y Eva («El hombre, siempre el hombre…»), adquirían presencia las escenas de la vida de Cristo, desde Belén hasta el Calvario, y las figuras de los primeros testigos de la palabra. La Navidad: Como una ventana por la que entró-entra la luz a la vida. Como una estrella verde de esperanza, en la narración de Pedro, el niño que leyó su cuento de Navidad.

Después la coral, al cantar «Esta tierra llana, con puente y pinar, con almena y agua lenta, donde se escucha volar, aunque el sonido se pierda» (F. Pino y J. Busto), parecía querer expresar el deseo de que esa Luz, que acabábamos de contemplar entrando en el mundo, entrase hoy en hombres y mujeres de nuestros pueblos y ciudades castellanas.

Para ello se necesitan, y había quedado remarcado con la proyección de imágenes, personas puente, que unen orillas y tienden lazos a los distintos y a los distantes, personas torre, que oteen y den la voz de alarma cuando descubren a un enemigo de los pobres de la tierra, personas brote, que, cuando alguien ha perdido toda esperanza, ofrezcan la espiritualidad del inicio, del brote, del amanecer, personas fuente, en torno a las cuales siempre hay vida, que sean una bocanada de aire fresco y calmen la sed de tantas cosas…

Así llegó el momento de todos. Juntos en una oración expresamos los sentimientos que había despertado el encuentro y nos deseamos unos a otros poder ser estrellas de esperanza, puentes, almenas, brotes o fuentes. El órgano y la coral se unieron interpretando el Padre nuestro y Lauda anima mea Dominum, escuchados de pie, dando la mano a los que estaban al lado.

Finalmente la organista nos regalo unas breves piezas navideñas de compositores clásicos.

Toda la celebración se enmarcó en el espíritu del Adviento-Navidad. En ella los creyentes nos encontramos con una mirada sobre la vida desde la Palabra, para alentar la esperanza. Pero no se agotó en este nivel. Porque estuvo impregnada de experiencias que son también patrimonio de todo hombre de buena voluntad: asombro, admiración, pregunta, apertura, y un denominador común, mucha belleza. En definitiva, la acción se impregno de contemplación, la vida devino en mística y la fe supo dialogar con la cultura.


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