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SEMBRAR - Nº 854 - 23 de diciembre de 2007 a 5 de enero de 2008 |
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En Belén, con san José |
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Me han contado que en Belén esta noche nació un niño, que es blanco como el armiño; ¿podré verle yo también?
He preguntado en la calle si saben dónde ocurrió; y un buen hombre me orientó, dándome todo detalle.
A ese portal me dirijo, que es humildísimo establo. Me dicen con los que hablo que están la madre y el hijo.
Al llamar, sale a la puerta el humilde san José: no es el padre, ya lo sé; es un guardián siempre alerta.
No es muy joven, ni es anciano; viste una túnica larga, una barba que se alarga; y con báculo en la mano.
Me ha tomado confianza, y va contando su historia, que se sabe de memoria; es un hombre de esperanza.
Me dice que aquí nació, pero en Nazaret vivía; y ocurrió cuando dormía que un ángel se apareció.
«No receles de tu esposa. El Espíritu Divino con su gracia en ella vino en esperanza gozosa». «Al Hijo que alumbrará un nombre le has de poner, que Jesús deberá ser, pues al pueblo salvará».
Él, tomándose un respiro, me dice cómo hizo el viaje: todo andando, sin carruaje; mientras atento le miro.
Viven parientes lejanos con su casa en el poblado, pero aquéllos no han mostrado una caridad de hermanos.
Ha buscado en la posada algún digno alojamiento, con el duro sentimiento de no permitir su entrada.
Se cobijó en un portal con María, que es su esposa, en la noche más gloriosa de la historia universal. Esta noche al mundo vino Jesús, el Hijo de Dios. Yo dentro veré a los dos: Madre y al Hijo Divino.
José, cobrando alegría, me refiere cómo vio a los ángeles, y oyó cantar todos a porfía:
«¡Gloria a Dios sea en el cielo y en la tierra al hombre paz!» Las estrellas forman haz para alumbrar este suelo.
A san José yo le pido que me permita pasar; también yo quiero adorar a quien anoche ha nacido.
María se halla sentada, y está pendiente del Hijo; le mira con regocijo en éxtasis transformada.
En el materno regazo reposa el Niño dormido; esta mirada en mí ha sido, para que crea, un flechazo.
Doblando las dos rodillas, en silencio adoro a Dios; me despido de los dos, y me retiro a hurtadillas.
Agradezco a san José haya sido mediador. «¡Sed siempre mi protector hasta que en el cielo esté!» |
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