SEMBRAR  -  Nº 854  -  23 de diciembre de 2007 a 5 de enero de 2008


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En Belén, con san José

  • Sergio Arenillas García

Me han contado que en Belén

esta noche nació un niño,

que es blanco como el armiño;

¿podré verle yo también?

 

He preguntado en la calle

si saben dónde ocurrió;

y un buen hombre me orientó,

dándome todo detalle.

 

A ese portal me dirijo,

que es humildísimo establo.

Me dicen con los que hablo

que están la madre y el hijo.

 

Al llamar, sale a la puerta

el humilde san José:

no es el padre, ya lo sé;

es un guardián siempre alerta.

 

No es muy joven, ni es anciano;

viste una túnica larga,

una barba que se alarga;

y con báculo en la mano.

 

Me ha tomado confianza,

y va contando su historia,

que se sabe de memoria;

es un hombre de esperanza.

 

Me dice que aquí nació,

pero en Nazaret vivía;

y ocurrió cuando dormía

que un ángel se apareció.

 

«No receles de tu esposa.

El Espíritu Divino

con su gracia en ella vino

en esperanza gozosa».

«Al Hijo que alumbrará

un nombre le has de poner,

que Jesús deberá ser,

pues al pueblo salvará».

 

Él, tomándose un respiro,

me dice cómo hizo el viaje:

todo andando, sin carruaje;

mientras atento le miro.

 

Viven parientes lejanos

con su casa en el poblado,

pero aquéllos no han mostrado

una caridad de hermanos.

 

Ha buscado en la posada

algún digno alojamiento,

con el duro sentimiento

de no permitir su entrada.

 

Se cobijó en un portal

con María, que es su esposa,

en la noche más gloriosa

de la historia universal.

Esta noche al mundo vino

Jesús, el Hijo de Dios.

Yo dentro veré a los dos:

Madre y al Hijo Divino.

 

José, cobrando alegría,

me refiere cómo vio

a los ángeles, y oyó

cantar todos a porfía:

 

«¡Gloria a Dios sea en el cielo

y en la tierra al hombre paz!»

Las estrellas forman haz

para alumbrar este suelo.

 

A san José yo le pido

que me permita pasar;

también yo quiero adorar

a quien anoche ha nacido.

 

María se halla sentada,

y está pendiente del Hijo;

le mira con regocijo

en éxtasis transformada.

 

En el materno regazo

reposa el Niño dormido;

esta mirada en mí ha sido,

para que crea, un flechazo.

 

Doblando las dos rodillas,

en silencio adoro a Dios;

me despido de los dos,

y me retiro a hurtadillas.

 

Agradezco a san José

haya sido mediador.

«¡Sed siempre mi protector

hasta que en el cielo esté!»


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