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Oración vocacional |
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Oración en camino |
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Monición
Vamos por tanto a:
Son muchos los senderos que conducen a este encuentro, debo emprender el camino de mi itinerario interior para reencontrarme con el Señor. En este rato de oración queremos retomar nuestra condición de discípulos, haciendo más auténtica nuestra respuesta a esa llamada que resuena en el fondo de nuestro corazón: “ven y sígueme”. Ponernos en camino es ya inicio de respuesta. Canto: “Quédate con nosotros” |
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Primera parte: “El cansancio del camino“ Todos hemos podido experimentar que en nuestro caminar hay días de luz y días de sombras. Horas alegres y tiempos grises. Días de paz y otros de inquietud. Vives con el deseo de seguir adelante, de proyectar y la necesidad de descansar, reposar, reencontrarte contigo mismo. Los días comienzan a ser todos parecidos, se notan más los kilos que llevas a la espalda, se hace cada vez más larga la distancia... La culpa no está solo en el camino. El cansancio físico viene muchas veces de la mano del cansancio interior. Cuando aparecen la desgana y el desánimo y da la impresión de que todo se repite: las mismas situaciones y mas o menos de la misma manera Canon: “Dame alguien que me guíe” (Después del canto del “canon”, se van acercando los distintos objetos símbolo del camino. Mientras alguien los acerca a los pies del altar, el monitor lee los textos)
BORDÓN: Nos cansa el exceso de trabajo, o el pensar que los demás se apoyan demasiado en nosotros, sin tener en cuenta nuestros límites. El esfuerzo por construir la comunidad: siempre somos los mismos los que tenemos que hacer las cosas. Y lo que más nos cansa es la incomprensión, la soledad, la falta de comunión interior con los hermanos. (Canon: “Dame alguien que me guíe”) SANDALIAS: Sentimos nuestra fuerza y nuestra debilidad. Nos cansa la rutina y el tener que empezar de nuevo cada vez en la lucha contra nuestros pecados y defectos de siempre, sin que parezca verse un avance. Se hace complicado eso de “buscar la voluntad de Dios” y seguir su camino. (Canon: “Dame alguien que me guíe”) CANTIMPLORA: Tenemos “sed de Dios” y la fuente del corazón, donde podemos encontrarnos con el, a menudo se nos enturbia y vamos a beber en aljibes que no sacian. Constatamos con tristeza al empezar el nuevo día, que no hay lugar en él para la gratuidad y la alabanza, no sentimos la alegría de tener un día más para el Señor y para los hermanos. (Canon: “Dame alguien que me guíe”) MOCHILA: ¡Mochila al hombro!. El camino nos va haciendo descubrir que se camina bien cuando vamos “ligeros de equipaje”. Para seguir al Maestro nos sobran muchas cosas. El nos quiere con lo indispensable. Pero, ¿qué es indispensable?. Llega un momento en que no sabemos qué más podemos dejar; cada cosa que dejamos, “duele”. Y El sigue insistiendo: “Déjalo todo, luego ven y sígueme”. (Canon: “Dame alguien que me guíe”) Es el cansancio del camino; las ilusiones y proyectos del comienzo parecen que ya no valen la pena. Las fuerzas nos fallan y sentimos el cansancio físico y el cansancio del alma. Forma parte de la vida, es fruto de la entrega, de la donación de nosotros mismos al Señor y a los hermanos. Es la prueba del desierto de aquellos que han sido capaces de olvidarse de sí mismos para darlo del todo y darse del todo. Silencio orante |
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Segunda parte: Exposición del Santísimo Canto: “No adoréis a nadie” ORACIÓN: Señor Jesús, nuestros ojos te miran con fe y te contemplan escondido en el pan de vida. Contigo queremos andar el camino de tu evangelio y de tu misterio pascual. Tú eres el camino, la verdad y la vida, Tú nuestra esperanza firme. Levantamos nuestras manos en oración y en búsqueda de tu gracia: haz que nuestros corazones inquietos te encuentren siempre también entre los hermanos. Tú traes la alegría y la vida para que la tristeza y la muerte no nos invadan; concédenos, Señor, alabarte y bendecirte por los siglos de los siglos.
Silencio orante (Se van diciendo estas frases lentamente, mientras se deja espacio a la interiorización)
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“En mí
lo puedes todo...” Reaviva en ti la experiencia pascual de los peregrinos de Emaús: el encuentro con Cristo vivo que te acompaña a lo largo de tu existencia iluminándola con sus palabras que son “espíritu y vida” y alimentando tu ser en la cena eucarística. (Mientras tanto se acerca a los pies del altar , el libro de la Biblia). |
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Tercera parte: La Palabra: Lc. 24, 13-35 “Aquel mismo día, dos de los discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que dista de Jerusalén unos once kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos estaban ofuscados y no eran capaces de reconocerlo. Nos detenemos e en la frase: “Sus ojos no eran capaces de reconocerle” (silencio orante)
“Él les dijo: - ¿Qué conversación es la que lleváis por el camino? Ellos se detuvieron entristecidos, y uno de ellos llamado Cleofás, le respondió: - ¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días? Él les preguntó: - ¿Qué ha pasado? Ellos contestaron: - Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderosos en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron? Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel, Y sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto. Bien es verdad que algunas de nuestras mujeres nos han sobresaltado porque fueron temprano al sepulcro, y no encontraron su cuerpo. Hablaban incluso de que se les habían aparecido unos ángeles que decían que está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo hallaron todo como las mujeres decían, pero a él no lo vieron. Entonces, Jesús les dijo: -¡Qué torpes sois para comprender, y qué cerrados estáis para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era preciso que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria? Y empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decían de él las Escrituras. Al llegar a la aldea adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron diciendo: - Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado.
Nos detenemos en la frase : “Se les abrieron los ojos y le reconocieron . Pero El desapareció” (Silencio orante)
“Y se dijeron uno a otro: - ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los demás que les dijeron: - Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Nos detenemos en la frase: “Contaron todo lo que les había pasado por el camino” (Silencio orante) Diálogo orante Voz 1: La voz del caminante es cálida y persuasiva. Ponía todo su alma en lo que decía. Incluso cuando les reprendía, su palabra era suave y no hería. Más tarde reconocerían que esa voz les iba calentando el corazón. Le oían y se maravillaban de su sabiduría y de su amor. Voz 2: Y según le oían hablar, las oscuridades iban cayendo de sus ojos. Ellos que creían conocer de carrerilla aquellos textos que el caminante citaba, se daban cuenta ahora de que no habían entendido nada. La palabra de Dios se iba haciendo viva, operante, acusadora, desenmascaradora. Voz 1: Y, al mismo tiempo, iban sintiéndose avergonzados y felices. Avergonzados por su falta de fe, por su corta inteligencia. Y felices porque su esperanza renacía, porque un nuevo amor iba brotando dentro de ellos. Aún no se daban cuenta, pero Dios ya estaba con ellos y dentro de ellos. Voz 2: Por eso, mientras él iba hablando, los dos discípulos iban pasando de la tristeza a la alegría, de la indiferencia al amor. La Palabra de Dios les iba transformando. Y, por eso, aún antes de reconocerle, esa misma palabra hizo que empezasen a obrar como si ya le hubiesen conocido. El amor, la caridad, fue por delante de la fe. Voz 1: Le obligaron a quedarse. Dios nos acompaña de buena gana, pero le gusta ser forzado a ello. Y entró Jesús en su aldea y en su casa. Y le ofrecieron el honor de presidir la mesa. Le miraban con emoción. A lo largo de todo el camino, aquel hombre les había impresionado por su modo de comentar las Escrituras. Habían recibido, sin molestarse, su reprensión y ahora, no sabían por qué, tenían la impresión de haber vivido ya otra vez esta misma escena. Voz 2: Fue entonces cuando el desconocido tomo el pan, lo bendijo, lo partió. En realidad no hacía nada que no hubiera hecho cualquier otro israelita piadoso. Pero lo hacía de un modo que fue para ellos como el descorrimiento de un velo. Le miraron, se miraron. Y antes de que abrieran los labios, el desconocido desapareció. Voz 1: Ahora volvieron a mirarse más desconcertados aún, pero sobre todo, alegres. Recordaron en un solo relámpago las explicaciones del Viajero, que les había asegurado que el desenlace de la vida de Jesús no era la muerte. Que pasaría por ella para cumplir las Escrituras, pero que ése no sería su final. Ya no lo dudaron: era El y era el Resucitado. Voz 2: Ni siquiera sintieron la decepción de haberle perdido de nuevo; la alegría de saberle vivo era más importante que la de verle. Se sentían embargados en el juego de Dios que parecía burlarse de ellos. Como dice Newman: “el Señor pasó entre ellos desde el escondite de ver sin conocer, al de conocer sin ver”. A Dios no le gusta ser conocido por miedo o por interés. Le gusta ser conocido por amor. Y al amor de aquellos dos hombres les bastaba con saberlo vivo. Voz 1: Por eso su fe se convirtió enseguida en fuego, se hizo apostólica. Sin detenerse un minuto, sin comentarlo casi, se levantaron y regresaron corriendo a Jerusalén. Los once kilómetros se les hicieron ahora mucho más cortos. Porque la alegría aligera las cosas, así como la tristeza las hace pesadas. De pronto se sintieron apóstoles, fraternos. No guardaron para sí su alegría. Tenían que comunicarla y repartirla. Canto: "Por ti mi Dios" |
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Cuarta parte: Vaciarse para darse La caña de bambú Había un precioso jardín que nada más verlo hacía soñar. Estaba allí junto a la casa del Señor. Él no se resistía la tentación de visitarlo todas las tardes y gozar. Su mirada se centraba siempre en una preciosa caña de bambú plantada en el centro. Llamaba la atención por su esbeltez, altura y elegancia. Era el punto flaco del Señor. Le encantaba verla así, más alta y esbelta que las demás plantas, recia ante los vientos invernales, e imperturbable ante los calores del verano. Pronto se dio cuenta de que ella, la caña de bambú, era la preferida del Señor. Se le acercó un día el Señor, su rostro no brillaba como otras veces, casi sin alzar la vista le dijo: "Mi querida caña de bambú, te necesito". No entendió por qué hablaba con tanto misterio el Señor, y para darle ánimo le respondió: “Soy toda tuya, cuenta conmigo para la que quieras”. No logró arrancar la pesadumbre de su rostro. “Mi querida caña de bambú, para contar contigo tengo que arrancarte”. “¿Arrancarme? ¿Hablas en serio? ¿Porqué me hiciste entonces el árbol más bello de tu jardín? Por favor, cualquier cosa menos eso”. El Señor no se echó atrás. “Mi querida caña de bambú, si no te arranco no me servirás”. Quedaron los dos en silencio sin saber qué decir. Hasta el viento se paró, y los pajarillos detuvieron su vuelo y su canto. Lentamente, muy lentamente la caña de bambú inclinó sus preciosas hojas y dijo con voz muy queda: “Señor, si no puedes servirte de mí sin arrancarme, arráncame”. “Mí querida caña de bambú, dijo el Señor, aún no te he dicho todo. Es necesario que te corte las hojas y las ramas”. “Señor, no me hagas eso, ¿qué haré yo entonces en el jardín? Me convertiré en un ser ridículo”. Y otra vez le dijo el Señor: “Si no te corto las hojas y las ramas no me servirás”. Entonces, el sol, estremecido, se ocultó. Los pájaros huyeron del jardín pues temían el desenlace. Temblando temblando la caña de bambú pudo decir estas palabras: "Córtamelas". Continuó el Señor: "Mí querida caña de bambú, todavía me queda algo que cuesta mucho pedirte: tendré que cortarte en dos y extraerse toda la savia, sin eso no me servirás”. La caña de bambú ya no pudo articular palabra, se echó a tierra y se ofreció totalmente a su Señor. Así el Señor del jardín cortó la caña de bambú; le cortó las hojas y las ramas, la partió en dos y le extrajo la savia. Después se fue hacia una fuente de agua fresca y cristalina muy cercana a sus campos. Esas plantas desde hacía mucho tiempo morían de sed. Con mucho cariño el Señor ató una punta de la caña de bambú a la fuente, y la otra la colocó en el campo. El agua que manaba de la fuente comenzó poco a poco a desplazarse hacia los campos, a través de la caña de bambú. El campo comenzó a reverdecer. Cuando llegó la primavera, el Señor sembró arroz y fueron pasando los días hasta que la semilla creció, y llegó el tiempo de la cosecha. Con ella el Señor pudo alimentar a todo su pueblo. Cuando el bambú era alto, esbelto, vivía y crecía sólo para sí mismo; se auto complacía en su elegancia. Ahora humilde y tirado en el suelo se había convertido en un canal que su Señor utilizaba para alimentar a su casa y hacer fecundo su Reino. Canto: Vaso nuevo Adoración: Te doy gracias por haberte quedado En tu nombre las redes echaré No dejadlo abandonado Hoy te digo que nunca estarás solo Mis pasos sólo tienen un camino Peticiones En esta momento de oración, escuchamos una vez más y como si fuera la primera, la única y la última vez, la llamada del Buen Pastor que nos lanza su silbo amoroso, que nos guía con su cayado, que nos ofrece la entrega de la propia vida y oramos por las vocaciones, diciendo: ”Muéstranos el camino de la vida”
Bendición Canto: “Tantum ergo” Oración final AQUÍ ESTOY, SEÑOR, ¿QUÉ DEBO HACER? ENVÍAME DONDE QUIERAS. Para servir a Dios y a todos los hermanos, respondiendo a tu amor y a tu llamada. AQUÍ ESTOY, SEÑOR Para entregar mi vida “por Cristo y por los otros” ofreciendo mi voz y mis acciones, mi caminar al lado... siguiendo tu camino. ¿QUÉ DEBO HACER, SEÑOR? Para invocar tu nombre y anunciarlo, sintiendo tu presencia y tu palabra que llama y que convoca, que envía y compromete... ENVÍAME, SEÑOR. AQUÍ ESTOY, SEÑOR, ¿QUÉ DEBO HACER? ENVÍAME A DONDE QUIERAS. Canto final: Gracias, María |
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