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Dale una oportunidad a la inmigración |
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Estamos viviendo unos momentos interesantes socialmente. Las gentes de los pueblos más pobres se acercan a nuestra tierra, a nuestras fábricas, a nuestras casas en busca de la vida que se les niega en sus tierras. Ese movimiento, lo mismo nos enriquece y despierta en nuestras propias posibilidades de futuro, como nos sumerge en una especie de miedo a perder nuestras cosas, nuestra seguridad, nuestro espacio. Esta novedad que nos permite plantearnos nuestra manera de estar en la tierra y el modo que tenemos de gastar cada uno de los minutos de nuestra vida, lo llamamos inmigración. Y la inmigración no es otra cosa que la consecuencia de un desequilibrio socio económico y político. Y, en muchas ocasiones, la consecuencia de la explotación a que hemos sometido a sus pueblos y sus gentes durante siglos. Nosotros no conocemos, y es una falta de respeto, las tremendas situaciones de las que huyen, en las que sobreviven ellos y sus familias o las que quieren transformar. Pero cada vez que conocemos una de esas historias, y cada inmigrante trae una historia tan maravillosa, fantástica e ilusionante y dramática como nuestra propia vida, se nos abre generosamente una nueva ventana para ampliar y mejorar la perspectiva de la realidad del mundo en que desarrollar nuestra solidaridad y vivir nuestra esperanza. Es cierto que otras personas vienen para mejorar porque saben que el nivel de vida nuestro es mejor o hay más posibilidades. Y que también hay gente que viene a aprovecharse a robar o a desequilibrar nuestros ambientes. Cada uno viene con su mundo, sus aspiraciones y sus lacras. Si se integran nuestro mundo se engrandece. Pero no quería meteros en esta reflexión sobre la inmigración, sino presentaros una situación que nos permita replantearnos también la realidad de un Estado que necesita y acoge mano de obra de todas las procedencias y que debe hacerles un hueco donde quepan todas sus realidades. Y la tarea que tiene nuestra Iglesia, y cada una de nuestras comunidades, para reconocerles y respetarles dejándoles ese sitio que necesitan para seguir siendo lo que son. La invitación es a que seamos respetuosos desde nuestra fe con la suya, que les mostremos nuestra esperanza con una acogida abierta y generosa, porque a Dios le gustan tanto nuestros cantos como los suyos, le enternece tanto nuestra caridad como la suya, le conmueve tanto nuestro ayuno como el suyo y le engrandece tanto nuestra misericordia y generosidad como las suyas. Tenemos una oportunidad única y elocuente este año. Fermín González |
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| Departamento de Formación Sociopolítica |